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Tokyo, Japón. – Parte 3 y final. Conclusión 日本的な
En Japón todos se quieren. Es raro decirlo. Todo el mundo ve los índices de suicido y esos locos de mierda que viven en habitación empapeladas de hentai (una vez fui a departamento de un tipo como esos, no fue agradable). Pero al fin y al cabo se quieren. Es lo que pasa cuando tu nación es simplemente una isla, un archipiélago que ha luchado toda su existencia por sobrevivir. No cualquier país se levanta de una bomba atómica, o de un emperador ahogado en creerse semidiós. Eso hay que resaltar de Japón, no tienen nada, pero sin embargo lo tienen todo. Sólo necesitan apretar botones y eso es todo. Es el único país en el mundo donde he visto que la gente le da todo lo que tiene al vagabundo. Es decir, ven a un pobre despechado, a mal traer en la calle, y le llevan comida, abrigo, y no lo hacen porque se los dijo la tele ni algún conductor sobrevalorado. La hacen porque les nace, es como un deber nacional.

Cuando me fui de Tokyo mi seudo-polola se fue a despedir de mi al aeropuerto. Fue una ceremonia muy… digamos… tranquila, no triste… a veces pienso que lo hizo de pura cortesía. Debe ser costumbre. Cada vez que he ido a la casa de un japonés a la hora de que los invitados se van, te encaminan hacia la puerta y se despiden de ti hasta que desapareces. Todos parados en la calle moviendo las manos. Es una imagen bonita.
Ella me dijo que nunca me iba a olvidar, que soy un tipo buena onda o algo así. Yo dije que tampoco al olvidaría, y quedamos como muy buenos amigos. A veces me escribe por alguna red social diciendo cosas que hace durante el día, pero en verdad siempre le entiendo la mitad.
Algún día volveré a Tokyo, pero a vivir. No sé porque, no se cuando, ni como, pero volveré. ¿Por qué? Porque quiero estar lejos, otra vez.